viernes, 3 de junio de 2011

Una ponencia entre Determinismo o Libre Albedrío

Creo interesante para debatir, si se cree conveniente y apetece, este escrito de "Telemaco" que aparecio en la revista de la Asociacion de Astrologia Cientifica de Valencia (dirigida por nuestro querido amigo Vicente Rausell Lillo) en el numero 2 de mayo-junio de 1983. ¿DETERMINISMO o LIBRE ALBEDRÍO?

A ningún astrólogo se le oculta el hecho de que comúnmente los adversarios de la astrología no poseen conocimiento alguno o, en el mejor de los casos, tan sólo muy superficial de esta ciencia. Precisamente, de los círculos de tales adversarios proceden quienes reprochan a la astrología de favorecer entre sus partidarios un concepto fatalista de la vida. Por supuesto, estos señores se han ahorrado la labor de examinar, en primer término, si efectivamente los actos humanos están sujetos a una necesidad inalterable y hasta qué punto los astrólogos enseñan y -lo que es más importante- pueden demostrar tal determinismo.
A tal efecto, y al comentar tan polémico tema, debemos comenzar por definir: Libertad. Facultad que tiene el hombre de obrar o no obrar entre las posibilidades que se le ofrecen (libre albedrío). Fatalidad. Inevitable, predestinado (fatal). Determinismo. Doctrina científica y filosófica según la cual la vida y el universo en su totalidad, está determinado por causas necesarias. En consecuencia, niega el azar. Fatalismo. Doctrina moral y filosófica según la cual todo lo que sucede está fijado de antemano y es inútil oponerse. En consecuencia, anula el albedrío.
No vamos a entrar en discusión, sí en diálogo. Como observa Demetrio. Santos: «Siendo la astrología en gran parte predictiva, al calcular un hecho previsible ya lo modificamos por el hecho mismo de conocerlo, y por ello no se realizará conforme a lo calculado exactamente». Es cierto, pero sí ya estaba determinado el hecho de conocerlo, igualmente estaría determinada su modificación. Es decir: que lo que hemos calculado exactamente como previsible era erróneo, estábamos determinados o predeterminados a equivocarnos, y por lo tanto, sucede el hecho que tenía que suceder como tal -incluyendo el lapsus-. Entonces pensamos que realmente quienes nos equivocamos somos nosotros. No modificamos, pues, ningún hecho.
A este respecto, cabría entonces preguntarse si realmente es determinismo o nosotros mismos nos determinamos. Por lo que el libre albedrío seria pura teoría narcisista. Pero sí nosotros, al prever un hecho, para poder modificarlo a nuestro libre albedrío o conveniencia, nos estamos equivocando y no podemos evitar que otro «hecho» ocurra, y no precisamente el pronosticado, ¿cómo podemos predecir? Todo sería un error. No se nos escapa la idea de que para calcular un hecho previsible no tendrá que ser subjetivo, porque ya de por si lo estamos modificando. No es lo mismo el pensamiento de querer que pase «eso», que lo que realmente pasa.
De todo esto sacaremos una conclusión por las siguientes manifestaciones: Schopenhauer. «El conocimiento de la necesidad estricta de los actos humanos es la línea divisoria que separa de los demás los cerebros filosóficos.» Nietzsche. «Níngún postígo conduce al aire libre, al albedrío; por cuantos hasta ahora uno haya tratado de evadirse, tantos vuelven a llevar a los muros férreos del hado. Libre... podemos soñar que lo somos, pero no nos lo podemos hacer.» H. Selva. «El hombre nace equipado con una constitución determinada, con cargas fisiológicas determinadas, con un temperamento determinado que favorece manifestaciones psíquicas determinadas, con susceptibilidades determinadas para influencias exteriores, con afinidades electivas y disposiciones volitivas determinadas; aparece en un ambiente material y social determinado, distinto en cierto modo de otros medios de naturaleza semejante y también codeterminado para su educación.
Como todo cuanto existe, estos diversos factores a los que aún otros muchos podrían añadirse, están sometidos a la ley universal de la «casualidad», a la que sucumben como productos también todos los efectos consiguientes ulteriores con sus varias ramificaciones y sus múltiples combinaciones. Después del nacimiento, estos factores se sustraen por completo o parcialmente a ser influenciados por la propia voluntad.» A ello nos preguntamos ¿voluntad determinada...? H. Selva continúa: «El hombre es libre, en el sentido de que posee la facultad de elegir sin fuerza entre varías necesidades que se le presentan de modo fatal. Prescindiendo de esta elección, desde el momento de su concepción hasta el último latir de su corazón está sujeto al doble de las leyes que dominan la vida universal y de los efectos consecuentes de actos volitivos pasados.» Como vemos, Selva comparte totalmente las opiniones de Pitágoras. Utilizando la vía inductiva, Paul Flambart confirma rotundamente las propiedades del determinismo, que se confiere -según él- por herencia, o bien las que intrínsecamente, sé manifiestan por medio del «ambiente» o medios externos al ser vivo. Sí nos basamos en un determinismo psíquico -como parece ser que sea nuestra conclusión-, ya a finales del siglo pasado la psicología se encamina hacía esta noción de determinismo marcado. Son los reflejos condicionados de Pavlov, el conductismo de Watson y, sobre todo, las experiencias de Charcot y de Bernheím, con la hipnosis y la sugestión, para citarnos el caso del desdoblamiento simultáneo, de conciencia alternante, de la pluralidad de los centros de la conciencia... La psicología entraba ya en su fase más importante: el psicoanálisis, que llegaría a descubrir un determinismo bastante riguroso en los hechos psíquicos. Barbault afirma al respecto: «He aquí que, con Freud, los gestos más automáticos, los pequeños errores, los lapsus, los olvidos, los actos fallidos en general, todas esas manifestaciones accidentales, esas fallas de la psíquis, surgen de voliciones inconscientes. La pura inadvertencia no es suficiente para explicar estos fenómenos "dirigidos", "intencionales", pues el inconsciente dispone, para manifestarse, de tal o cual vía de acceso al aparato sensorial y aun a la motricidad. ¿En qué se convierte el azar? ¿En un error de cálculo? ¿En un manto arrojado sobre nuestra ignorancia? Cuándo vemos que todo en la naturaleza está organizado hasta en sus más mínimos detalles, ¿podemos imaginar que los movimientos más importantes de la humanidad sean fortuitos?» Continúa: «Los psicoanalistas dicen entonces que nosotros "Racionalizamos".
Nos damos cuenta plenamente del error que cometemos al considerar nuestra inteligencia como una fuerza independiente, y al no tener en cuenta su subordinación a la vida emotiva, nuestro intelecto no puede trabajar eficazmente en una vía objetiva, sino en la medida en que se sustrae a las influencias afectivas demasiado intensas; si no, se comporta como un instrumento al servicio de un deseo que decide su utilización. Y uno sabe demasiado bien que los argumentos lógicos no pueden nada contra los sentimientos.» El doctor René Laforgue, declara: «El alma, como todas las energías de la naturaleza, sufre el determinismo de las leyes universales. La lucha, cuya apuesta será la vida, no tiene lugar solamente entre los individuos, sino también en su misma conciencia, pues cada uno es un microcosmos hecho a la imagen de un macrocosmos, y representa el campo de batalla donde se en-frentan las fuerzas del destino.
Cada uno es llevado a una dirección que ignora y sirve, aun con su muerte, a fines que se le escapan. Cada uno está dominado por influencias que, sin saberlo, lo someten a una obra de la cual no conoce ni el sentido, ni el fin, ni los medios empleados...» Barbaut: «A poco que cada hombre examine su vida, no tardará en comprender que ciertos "terrenos" de la existencia le resultan fáciles: descubre éxitos regulares, mientras se siente incómodo respecto a otros, donde acumula obstáculos. Es corriente escuchar, por ejemplo, que tal hombre o mujer tiene buena suerte en sus "asuntos" y una suerte "negra" en otros; en efecto: su vida consiste en éxitos constantes en su profesión y en repetidas desgracias en otros. Estos caprichos del destino humano no pueden justificarse sólo por las cualidades y los defectos del carácter. Sin duda, el individuo puede creer que su voluntad dirige el encadenamiento de las causas y de los efectos determinados, pero hay con frecuencia una separación inexplicable, inconcebible entre la capacidad, los medios de que dispone y los resultados que obtiene en la vida, así como sus defectos y las pruebas por las que atraviesa. A menudo vemos a seres inteligentes y dotados que tienen todos los elementos para triunfar y que, sin embargo, fracasan; así como otros tienen un éxito rotundo con pocos medios. Una "suerte" loca los ayuda en sus pasos y en sus gestos...» Sigmund Freud descubrió -cuando se detuvo en el problema del destino, en el estudio de la vida instintiva- que si el ser adulto se conduce en la vida según «el principio de la realidad», cuando trata de ser objetivo en su comportamiento, en la medida en que es infantil, se comporta según «el principio del placer». Pero no tardó en descubrir al poco tiempo, y despojándose del «principio del placer», una fuerza mucho más primitiva, más elemental, más impulsiva: la tendencia a la repetición. Freud percibió que existía un modo de reacción simple que tiende a repetirse en todos los planos de la vida humana, revistiendo cada vez la forma apropiada. Á esto le llamó traspaso. Según ese determinismo, las direcciones inconscientes del individuo son precisas y lo llevan a reaccionar de manera semejante en todas las circunstancias análogas de la vida. Para Laforgue, el traspaso es el hecho psicológico por el cual la reacción que ha determinado una cierta situación, se reproduce ulteriormente en todas las situaciones que tienen con la primera una analogía afectiva cualquiera. Una primera situación ha creado, en suma, una reacción-tipo que la psíquís tiende, por una suerte de inclinación natural, a transferir a situaciones nuevas, sentidos afectivamente como análogos a la primera. Observamos así que una orientación psicológica inicial produce, por reacción, múltiples manifestaciones y engendra de tal manera la serie de consecuencias de un «complejo» o «trauma». Por lo que decimos que esos resultados se encadenan mediante una conexión por analogía absolutamente idéntica a la astrología. Freud: «Así, existe en la vida psíquica una tendencia irresistible a la repetición, y los neuróticos no son los únicos que obedecen a este automatismo: de manera más o menos visible, este automatismo domina la vida de cada uno.» Este elemento, que no pretendía al principio más que rendir cuentas de la etiología de la neurosis, se revela como inherente a toda conducta humana. Laforgue remacha: «Esta compulsión de repetición tiene el carácter de fatalidad y condena al fracaso o al éxito todos los esfuerzos de un individuo que quiera enfrentarle. Siempre lo mantiene prisionero de las mismas obligaciones, le obliga a cometer siempre los mismos errores. El oráculo de los antiguos encuentra así su significado, ya que los acontecimientos de un destino no estaban librados al azar ni a la voluntad de los seres...» De ahí que, entonces y a resultas de las citadas manifestaciones -y convencimiento-, consideremos la cosmografía natal, como una detallada radiografía psíquica, un verdadero y profundo test proyectivo muy poco investigado y analizado como tal.
Al encontrar las primeras justificaciones del determinismo psíquico, también deberíamos admitir que los acontecimientos del destino, no sólo son los resultados que llamamos enfermedad, casamiento, fortuna, viajes, etcétera, que están inscritos en la cosmografía natal, sino las fuerzas profundas que lo generán y condicionan. La educación astrológica coloca a la «configuración» ante todo un estado humano: tendencia psíquica, trazo de carácter, mecanismo de conducta y de repetición..., y sólo a continuación y por el desarrollo de esa misma tendencia, de ese mismo trazo y de esa misma conducta, aparece un destino posible y probable, en tanto que consecuente, pues el destino astrológico es contiguo a ese «interior humano» que es, en definitiva, la réplica del «exterior astronómico».
No nos paramos aquí: Si consideramos la psíquís, como algo unido al cuerpo físico, no cabrá la menor duda de que la enfermedad, los casamientos, están totalmente marcados por el destino psíquico. No olvidemos que sólo tenemos diez planetas, diez factores fundamentales que condicionan todas las manifestaciones temporales y espaciales del hombre. Ciertamente que hay también doce signos zodiacales y los aspectos; así como innumerables combinaciones posibles para cada planeta, lo que convierte en prácticamente infinito y específico cada tema individual. Pero no es menos cierto que estos diez astros permanecen como los principios de toda la individualidad y personalidad del destino humano... Cada cual que saque sus propias conclusiones; la nuestra es clara y determinante.
Determinismo psíquico por determinismo cósmico. El cielo está en nuestro interior, y el mensaje -tantas veces repetido- que Schíller envió a Wallenstein, por medio de su ayuda de campo: «Es en tu corazón donde se encuentran las estrellas de tu destino.» Podríamos decir: «Es en tu psíquis donde se encuentran las estrellas de tu destino...» TELEMACO (seudónimo)

BIBLIOGRAFIA Sigmund Freud: Ensayos sobre el psicoanálisis. Sigmund Freud: Psicopatología de la vida cotidiana. Tomo 1. Dr. R. Laforque: Le réve et la psychanalyse. Ed. Malaine. París. Dr. R. Laforque: Astrologíaypsicología. Ed. Dédalo. Buenos Aires. Federico Níetzsche: Más allá del bien y del mal. Federico Níetzsche: Humano, demasiado humano.

Un abrazo Jose Luis Carrion Bolumar

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